El 2016 llegó a su fin dejando una herencia para recordar el resto de nuestros días, un México atribulado, saqueado, violentado, engañado y frustrado; ciertamente términos muy negativos que no dejan margen a la esperanza de un mañana mejor.
La retórica política hoy más que nunca se ha tornado simplista, sin forma ni fondo, incluso cínica; el sentir y el clamor de los mexicanos ha sido desechado, prácticamente borrado de la agenda, no hay resultados en ninguna de las asignaturas de la función pública, por el contrario.
Históricamente se ha echado mano del ingenio, de la fortaleza y el aguante del pueblo, pero la olla de presión está llegando a niveles muy peligrosos, la crisis se percibe en el ambiente, se siente en el bolsillo, pega duro en el orgullo. ¿Cuánto más podrá aguantar la cuerda sin romperse?
El aumento a las gasolinas, lo más visible y reciente de la serie de pifias y desaciertos del actual gobierno, será un duro golpe a la ya de por sí golpeada economía de los miles y miles de mexicanos que no tienen acceso a jugosos aguinaldos ni bonos extra, ni remotamente a un sueldo como el que reciben diputados, senadores, funcionarios. Ni qué decir de las exorbitantes sumas de dinero que han sido robados de las arcas públicas.
El polvorín está puesto y la mecha encendida, todo parece indicar que 2017 no será mejor que el 2016 pero si le apostamos a la sabiduría popular, entonces hagamos votos por no perder la esperanza al decir que “No hay mal que por bien no venga”.


