Por: Cristina Padín.
No lo recordaría ya, pero él le había leído no hacia tanto una novela de intriga y de amor que hablaba de esa zona, de la vendimia en esa zona… Calentaba con fuerza el sol del dorado septiembre… admiraba él paisajes de ensueño y leyenda, ella permanecía en silencio dentro del hermoso silencio, algún pájaro trinaba, quizá contemplando el agua del río o las rocas o tal vez sin ver nada..
Los nietos ya habían vuelto a la escuela. La niña, Manuela, quería dedicarse al flamenco y a sus nueve años tomaba clases y bailaba. El niño, Pablo, quería ser torero, como El Juli y Talavante, y acudía a una escuela taurina. En la Primera Comunión del pequeño ella estaba bien, cantando con su voz de terciopelo, besando con su inmenso amor, dulce y bonita. Vestida de granate..
Viajó con ella allí porque los dos amaban Galicia, aunque ahora ella no pudiera expresarlo, y porque él necesitaba sentir la paz, notar lo que es auténtico, nutrirse de la verdad. Estaban en Ribeira Sacra, tesoro natural y biológico gallego, la hermosura, las montañas y los cañones y el río, el pasado, la historia, lo que es sagrado, lo que permanece…
En fecha tan señalada para la Ribeira Sacra y para Galicia él, más de ochenta años, le acarició el cabello a su esposa. Después bebería un vino de la zona. Brindar y agradecer la vida siempre reconforta…
Para esta historia me inspiré en la divina Ribeira Sacra y en unos abuelitos dependientes que visitaron esta mañana la playa de Siilgar. Nos embellecieron una mañana ya bella
Al amor incondicional
A los abuelos. A mi abuela
A mi Luis
Al toreo
A Juli y a Talavante
A las personas que hacen las cosas bien en el toreo
A Manuela y a Pablo
Al vino, no me fío del que no lo aprecia
Al flamenco
A las personas con sensibilidad


