{"id":15542,"date":"2020-03-26T00:00:00","date_gmt":"2020-03-26T06:00:00","guid":{"rendered":"https:\/\/dralvarez.com.mx\/larevista\/blog\/final-feliz"},"modified":"2024-02-22T22:36:53","modified_gmt":"2024-02-23T04:36:53","slug":"final-feliz","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/dralvarez.com.mx\/larevista\/opiniones\/final-feliz","title":{"rendered":"Final Feliz"},"content":{"rendered":"<p><b><i>En la pantalla<\/i>, por:&nbsp;David Moreno.<\/b><\/p>\n<p>\u200bCin\u00e9polis ha decido cerrar todos sus complejos cinematogr\u00e1ficos durante el tiempo que dure la contingencia sanitaria provocada por el Covid-19. A diferencia de otros grupos empresariales la cadena ha anunciado que no despedir\u00e1 a ninguno de sus trabajadores y que les seguir\u00e1 pagando el sueldo de manera \u00edntegra. Se trata de una medida que habla bien del compromiso social de la compa\u00f1\u00eda. Pero lo m\u00e1s simb\u00f3lico del asunto es el mensaje que la cadena ha colocado en sus marquesinas para anunciar su despedida temporal: \u201cEl cine nos ense\u00f1\u00f3 que siempre hay un final feliz. Te vamos a extra\u00f1ar. Cu\u00eddate\u201d.<\/p>\n<p>\u200bEl mensaje es realmente bonito, una buena estrategia de marketing y al mismo tiempo una manera de reconocer a sus clientes y trabajadores. Pero m\u00e1s all\u00e1 de eso est\u00e1 el hecho de que las marquesinas nos regresan a una parte fundamental de la narrativa audiovisual: la conclusi\u00f3n. Claro, no todas las pel\u00edculas tienen un final feliz, pero lo cierto es que en muchas ocasiones acudimos al cine en la b\u00fasqueda de esos finales, aquellos que nos recuerden que no todo es tan malo, que el mundo es una porquer\u00eda pero que aun en el medio de la misma podemos encontrar eso a lo que Luis Eduardo Aute le dedic\u00f3 una de sus mejores canciones: la belleza.<\/p>\n<p>\u200bEntiendo que la belleza puede ser un concepto sumamente subjetivo y cuyos est\u00e1ndares est\u00e9ticos se van transformando con el tiempo. Pero tambi\u00e9n es cierto que hay narrativas cuyas conclusiones siguen siento emotivas, emocionantes y hermosas y resistentes al implacable transcurrir de Cronos. Para este tecleador de insensateces, un final feliz no es necesariamente aquel en el que la pareja protagonista se abraza mientras el sol se pone tras una cuesta, una m\u00fasica evocadora nos remonta a todos los obst\u00e1culos que juntos enfrentaron y la c\u00e1mara se aleja en un lento \u201czoom out\u201d. En realidad los finales que a mi me emocionan, que me generan felicidad, son aquellos que golpean directamente a esa parte de mi cerebro en donde se encuentra almacenado mi propio concepto de lo que es bello, esos finales que terminan perfectamente con una historia y que en cada uno de sus cuadros brota un cierre perfecto.<\/p>\n<p>\u200bEs el caso, por ejemplo, del final de Casablanca. Una pel\u00edcula que descubr\u00ed algo tarde, pero que am\u00e9 desde el primer momento en el que la vi. Existe un clich\u00e9 cin\u00e9filo que sostiene que cada vez que veas Casablanca lo har\u00e1s con la esperanza de que las cosas milagrosamente se transformen e Ingrid Bergman nunca se suba a ese avi\u00f3n que la lleva a libertad pero lejos de Humphrey Bogart. Es el clich\u00e9 m\u00e1s cierto de todos. Pero a pesar de que ese id\u00edlico cierre solo existe en la mente de quienes lo anhelan de manera irremediable, el mirar el final resulta en una experiencia gratificante, \u00fanica. De hecho si Bergman hubiera bajado de ese avi\u00f3n y hubiese corrido a los brazos de Bogart es muy probable que el cierre del entra\u00f1able y emocionante filme de Michael Curtiz no rondara la perfecci\u00f3n, que no tuvi\u00e9ramos aquella m\u00e1gica l\u00ednea que Bogart le receta al enorme Claude Reins mientras los dos caminan a la vida de fugitivos que les espera. Ya saben (y si no, corran inmediatamente a ver la pel\u00edcula) ese final que marca el inicio de una hermosa amistad.<\/p>\n<p>\u200bPienso en otras pel\u00edculas cuyos finales no son necesariamente los que la mayor\u00eda catalogar\u00eda como \u201cfelices\u201d, pero que est\u00e1n plasmados de hermosura cinematogr\u00e1fica: Rutger Hauer muriendo mientras su existencia se desvanece como l\u00e1grimas en la lluvia en la incre\u00edble Blade Runner, Robin Williams siendo despedido por sus alumnos despu\u00e9s de que la direcci\u00f3n del exclusivo colegio en el que trabajaba le ha culpado injustamente del suicidio de uno de ellos &#8211; \u00a1Oh, Captain, My Captain! recita emotivamente un adolescente Ethan Hawke &#8211; en Dead Poets Society o Jacques Perrin viendo emocionado en una sala de ese cine que tanto ha amado el rollo con los fragmentos de pel\u00edculas que ha editado para \u00e9l Phillipe Noiret en la legendaria Cinema Paradiso.&nbsp;<\/p>\n<p>\u200bCin\u00e9polis tiene raz\u00f3n en lo que ha puesto en sus marquesinas. El cine nos ha ense\u00f1ado que los mejores finales, los que nos hacen felices, no necesariamente son los que hemos idealizado sino aquellos que concluyen el relato impregnados de valores est\u00e9ticos y narrativos que les brindan de emoci\u00f3n y, en cierta forma, de esperanza. Esos cierres que nos recuerdan que la vida es imperfecta, que est\u00e1 llena de momentos complicados, pero que las cosas siempre se terminan resolviendo de alguna u otra forma para que la vida siga su indetenible curso. Tal vez en estos momentos en los que las salas han bajado moment\u00e1neamente su tel\u00f3n y mientras permanecemos en el refugio de nuestros hogares, valdr\u00eda la pena \u2013 si, a diferencia de millones de mexicanos, tenemos esa oportunidad \u2013 regresar a esas pel\u00edculas que un d\u00eda nos arrojaron a la calle con los ojos h\u00famedos pero con el coraz\u00f3n latiendo intensamente rebosando una extra\u00f1a pero incomparable sensaci\u00f3n, una muy parecida a eso que se denomina como felicidad y que cuyas dosis necesitaremos en los d\u00edas raros que est\u00e1n por llegar.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>En la pantalla.<\/p>\n","protected":false},"author":1117,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"tdm_status":"","tdm_grid_status":"","footnotes":""},"categories":[25],"tags":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/dralvarez.com.mx\/larevista\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/15542"}],"collection":[{"href":"https:\/\/dralvarez.com.mx\/larevista\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/dralvarez.com.mx\/larevista\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/dralvarez.com.mx\/larevista\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1117"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/dralvarez.com.mx\/larevista\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=15542"}],"version-history":[{"count":1,"href":"https:\/\/dralvarez.com.mx\/larevista\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/15542\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":31034,"href":"https:\/\/dralvarez.com.mx\/larevista\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/15542\/revisions\/31034"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/dralvarez.com.mx\/larevista\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=15542"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/dralvarez.com.mx\/larevista\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=15542"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/dralvarez.com.mx\/larevista\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=15542"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}