Por José Buendía Hegewisch
El inicio de la nueva era de Estados Unidos con Donald Trump encuentra a México en un momento opuesto, que huele más bien a un fin de época de la historia reciente. Su victoria y políticas proteccionistas modifican los términos de la relación de las últimas tres décadas con consecuencias difíciles de prever para el modelo de crecimiento desde el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, pero sin que este periodo haya dejado grandes innovaciones en la forma de ejercer el poder y resultados de la democracia e instituciones políticas para hacer más próspero al país, a pesar de la alternancia.
La llegada de Trump a la Casa Blanca es un episodio mayúsculo de cambios en el mundo como el malestar global y el rebrote de nacionalismos, pero el sabor del fin de época en el país deriva, principalmente, de cuestiones internas como el agotamiento del modelo de Estado rentista desde los años del boom petrolero. También, a las transformaciones de la sociedad por el avance del pluralismo político, la mayor apertura al mundo y acceso a internet o redes sociales. La crisis fiscal y escaso crecimiento ahora agudizan la desconfianza hacia la autoridad y revelan la esclerosis del régimen de partidos que se instaló con la alternancia sobre el reparto de cuotas y rentas estatales.
No obstante, las coordenadas del debate público responden más a preguntas como qué hacer con Trump, qué con el país; cómo negociar con él, antes de qué y hasta dónde queremos negociar; y qué necesitamos para una negociación exitosa del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, migración o seguridad fronteriza. Es decir, partir de definiciones internas, donde están los lados flacos, como corrupción e inseguridad, pero también oportunidades.
La desaprobación de la clase política se debe a motivos endógenos, por más que el llamado “unilateralismo extremo” de Trump ya afecte a la “joya de la corona” del TLCAN por sus amenazas contra la deslocalización de empresas automotrices. La caída de la popularidad de Peña Nieto hasta llegar casi a un digito en la última encuesta (12% según Reforma) comenzó hace dos años y se profundiza por falta de respuesta o el pasmo ante los problemas. El cansancio de gobernar que ya se le atribuye y la división interna, debilitan la posición para negociar las nuevas reglas con Trump.
A la iniciativa política interna la sustituye la especulación sobre su actuación cuando sea presidente, incluso, si concluirá su periodo. Pero la guerra sicológica de Trump, incluso antes de llegar a la Casa Blanca perturba por completo el debate público y sus efectos son reales sobre la economía y la confianza de los inversionistas. Que el presidente ha tratado de contrarrestar con anuncios insuficientes como incentivos fiscales para la repatriación de capitales, aunque sin advertir que el fin de era no es un asunto coyuntural, sino de cambios en la estrategia económica y, sobre todo, de la política de gran calado. ¿Tiene ánimo para esa tarea?
Es cierto que el presidente ha hecho esfuerzos por subir el tono de la respuesta y el rechazo categórico a las amenazas y chantaje de Trump. En la reunión con embajadores y cónsules sostuvo posiciones más firmes y estrategias que pasan hasta por aceptar disolver el Tratado de Libre Comercio de América del Norte si no hay una buena negociación. Es alentador porque ayuda a sacudirse la extorsión. Pero su gobierno también sabe que problemas como la corrupción son flancos débiles para la negociación, junto a la enorme desaprobación a su administración y el descontento en las calles por la creciente inseguridad y la carestía.
Ya sabe que tampoco puede contar con unidades mecánicas para afrontar las amenazas externas, como la que se desfondó con el pacto económico. Y en cualquier caso entender que la manera de convertir el desafío en oportunidad depende de revertir la profunda desconfianza por los abusos y privilegios del poder, junto con la corrupción. Es decir, comenzar por barrer y poner en orden la casa.


