Mordió el melocotón. Era rojo, y amarillo, y redondo y fresco. Lo mordió… y fue un ole de sabor, una ovación de texturas, un trofeo a la excelencia. Fue el regreso a la infancia, el retorno al calor castellano del pueblo cuando llegaban desde Francia. Fue lo que sabe bien, lo que quita la sed, lo que besa el alma.
La canción se escuchó en la tarde perezosa de agosto. Después irían a los toros. Era un día de bochorno y de viento, bello, largo, intenso. Como un beso de esos que se roban en las madrugadas. La canción era de las de siempre: letra preciosa. De las que cuentan desamores y amores, pasiones de arrebatos.
La sal escribió líneas con curvas en la piel de los brazos. Al acercar los labios era más salada todavía: era el puro verano. Era como un brindis, como el fuego de las hogueras, como un baile a escondidas. La sal era el sonido de las vacaciones, lo que se extraña en enero. La sal era tan buena.. incluso con un helado de avellana…
Una historia, o muchas, de sensaciones de verano
Para Albriux
Para Luis
Para Carlos
Para el toreo
Para Carmen
Para la sal
Para el ole
Para las sensaciones y las pasiones
Para lo que de verdad importa


