Se llamaba Pablo. Era apuesto y exquisito.. como suelen serlo muchos que también se llaman Pablo. Tenía la mirada limpia y ojos del color del chocolate negro al setenta por ciento. Inteligente, culto, conocedor del verso y de la historia, tan divertido como una noche de junio, tan divino como una tarde de abril…
Y, en este caso, era pianista. Y todo en él era música, sonido, fuerza, pasión, garra, entrega. Hubiera sido muleta de raza y ole si fuera torero, nobleza y grandes ideas si fuera empresario, intriga y cuerpo con misterio si fuera una novela, sabor y aroma de los sinceros si fuera un perfecto vino español… Era Pablo. Natural(mente)…
Y así empezaba el cuento de Pablo..
(Este cuento está dedicado a un gran amigo mío..)
Para Pablo: divo
Para Pablo Aguado, un torero muy de mi agrado
Para Albriux: queda más que pendiente esta cita que duele
Para mi amiga Paula
Para los toreros
Para los que engrandecen el toreo
Para Luis
Para los hijos de Carlos
Y para este agosto que inicia..


